miércoles, 9 de julio de 2008

Aitonlá






Escena muy común en fiestas de pueblo en Puerto Rico: zafacón atestado de basura. Pareciera que nadie presta atención a algo con tanta omnipresencia en estos contextos. En cada esquina, al pie de cada poste, se encuentra uno de estos depósitos, parados allí, inmóviles, fuera de toda atención, increíblemente pasivos. Nunca es demasiado, generalmente se entiende que le cabe algo más a lo que ya está justamente ataponado de nuestras euforias consumidas. Imagino, y es que es algo perfectamente imaginable, cómo la gente, viendo que el zafacón no aguanta más, coloca en su pináculo la lata de su pretérita cerveza o sus ancestrales vasos con lustre neón. Los imagino con todo el cuidado que motiva la intención de que lo colocado no se caiga al suelo para no tener que recogerlo o quizá para que no quede en evidencia que si se cae probablemente a nadie le importará y menos a la persona. Imagino, igualmente, cuando llega el momento en que el zafacón, como resultado de un ataque de histeria, se sacude a sí mismo y su borrascosas cumbres ceden y al caer al suelo forman como un tapete que finamente adorna los alrededores inmediatos. Pero, ¿acaso se podrán construir identidades a partir de todo ese desecho? Definitivamente, de alguna manera u otra, ese zafacón repleto de basura remite a quienes lo hemos llenado. De hecho, nos expone como fieles pensadores y practicantes del úselo y deséchelo. Nos hace discípulos aplicadísimos de lo perecedero, de lo no re-utilizable, de lo inservible, de lo que se puede botar porque siempre, sí, siempre habrá otro para utilizar. Surge, con el tiempo, la protesta. El zafacón manifiesta su molestia y elabora estrategias para alejarnos. Aparece el hedor, aroma resultante de la combinación perfecta y sublime entre lo biodegradable descompuesto y lo una vez fermentado volviéndose a fermentar a la fuerza, sin remedio. Ante todo esto me pregunto: ¿qué tal si toda esa basura, y hasta ese hedor, fuesen utilizables para con otros fines? No me refiero a la fabricación de composta ni al reciclaje. Vuelvo y formulo la pregunta: ¿qué tal si hubiese otro uso para toda nuestra basura? A partir de este cuestionamiento es que imagino la relación entre lo descrito arriba y África.
En el año 2001, entre los meses de marzo y junio, llevé a cabo trabajo de campo en la República de Benín, África occidental. Como parte de esto, visité la aldea yoruba de Ketu, ubicada en la parte sur oriental de ese país. Una tarde de mayo, visité uno de los barrios más famosos de la aldea: Aitonlá. De hecho, el nombre del barrio remite al nombre del orisha (deidad) que, según los habitantes, sirve de resguardo a la comunidad. Además de resguardar la aldea de amenazas internas y foráneas, Aitonlá posee un poder ampliamente reconocido: brindarle la posibilidad de tener hijos a las mujeres estériles. Para transformar dicha posibilidad en algo factual, Aitonlá, como cualquier otro orisha, exige ofrendas. En este contexto, la ofrenda es el operador que permite que se transite desde lo que se anhela hasta lo obtenido concretamente. Pero, ¿qué tipo de ofrendas son las que exige Aitonlá? Pues, increíblemente, este orisha pide que la persona interesada le ofrezca la basura de su casa y, además, que defeque y que orine en el lugar en donde se encuentra su representación material. El lugar al que me refiero, su representación material, consiste de una colina repleta de basura y excremento humano, y con fuerte hedor a orina. ¿Qué sentido tiene esto en este contexto específico? Probablemente Aitonlá le pide a las personas que le ofrezcan lo que ellas no necesitan para brindarle lo que desean. La basura se convierte en la vía, en la posibilidad, en el medio para acceder a todo aquello que resulte importante y decisivo. Aunque podría pensarse que esto es algo habitual en los rituales de la religión yoruba, no es así. Es decir, no es que no se utilice la basura para llevar a cabo ciertos rituales pero, la utilización de basura, excreta y orina como ofrendas no es algo ni remotamente usual. Aitonlá, en este sentido, constituye un caso único. Tan es así que, se entiende como un orisha regional, exclusivo de Ketu. No se conoce de la existencia de otra representación material de Aitonlá ni siquiera fuera del barrio que lleva su nombre. Sin embargo, desde su radical localidad, Aitonlá invita a reflexionar acerca de las posibilidades que, como humanidad, hemos desarrollado para con la basura.

Referencias:

1. Entrevista realizada a Odu Iroko en el barrio de Aitonlá, Ketu. (8 de mayo de 2001).
2.Galeano, Eduardo. Úselo y tírelo en:
http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/uselo.y.tirelo.htm
3. Parrinder, Geoffrey. Les Vicisitudes de l’histoire de Ketu, Cotonou: Les Editions du Flamboyant, 1997.