sábado, 24 de enero de 2009

El fetichismo de lo escrito



Una de las muchas librerías de viejo de la gran Tenochtitlan. Todas ellas, casi sin excepción, muestran un panorama inicial polvoriento y quizá no tan aséptico como a ciertos intelectuales les fascina. Pero, ahí están estos recovecos repletos de libros encumbrados, apilados y, en muchas ocasiones, acomodados de acuerdo con su orden de llegada. No es que no exista un cosmos propio allí. La clasificación es, ante todo, algo que se encuentra con rigor asombroso en cualquiera de estas librerías. Habrá alguna que otra obra que se escape a dicho rigor y lo convierta, pues, en algo relativo. Pero, no hay que negar que lo libresco va de la mano con lo clasificatorio. Sin embargo, no es eso lo que me fascina de lo que simbólicamente estos lugares sudan. Por el contrario, lo que entretiene mi atención es lo que en el fondo constituye una de las razones de ser de estos sitios. Podría expresarse de la siguiente manera: ¡las librerías de viejo existen porque por más malogrado, maltratado, superado y anacrónico que sea un libro, se entiende que siempre podrá ser útil para extraer algún conocimiento de él! Estos lugares son como homenajes pre-mortem de todo aquello libresco a lo que le es negado el perecer, el simplemente perecer. Es como la sublimación raquítica y decrépita del fetiche-libro. Es, en cierta y sólo en cierta medida, la afirmación a ultranza del atrincheramiento que hemos hecho del conocimiento en su cosificación visible. Ésta es sólo una de las posibles miradas. Obviamente existen otras condiciones que sustentan y sostienen estos lugares. Pero, la que mencioné arriba es la que precisamente me lleva a cruzar el Atlántico y, una vez que lo haya cruzado, traer a África de vuelta a América. Me refiero al hecho de que las relaciones de poder que se han establecido entre los llamados pueblos del libro y los pueblos orales, en las cuales generalmente los primeros han apabullado a los últimos, puede percibirse que una de las “causas” de la “superioridad” de los pueblos del libro es precisamente el conocimiento que la escritura le ha ayudado a codificar y a, por qué no afirmarlo así, sofisticar. Aunque queda claro que no existen pueblos del libro en términos absolutos, es decir, no es que en la Europa del siglo XVIII y XIX todo el mundo tuviese acceso a la tecnología de la escritura y mucho menos a medios escritos. Lo que podría afirmarse es que en Europa occidental, sobretodo a partir de la aparición de la imprenta, la escritura como acto y en su forma visual, han sido asociadas sublimemente con el conocimiento por los sectores dominantes en las diversas sociedades. Esa sublimación fue exportada hacia los confines del mundo que algunas naciones europeas dominaron. La imposición de esa sublimación llevó consigo el desprestigio sistemático y hasta automático de las tecnologías que la palabra hablada posee para crear, organizar y reproducir conocimientos. Pero, me parece que llevó a algo peor. No sólo me refiero al hecho de que, mientras el poderío político y económico europeos se consolidaban en África la escritura se desparramaba con ellos también sino que la nueva condición de los múltiples lugares del continente que estarían bajo estos dominios factuales a partir del siglo XIX, y también sus pasados, debían contemplarse mediante formas entendidas como adecuadas y correctas, es decir, a través de la escritura. Entonces, quien tuviese acceso a la escritura no sólo era entendid@ con posibilidad de acceder a parte de un conocimiento “superior”, venido con los europeos, sino que el propio “conocimiento” de sí, african@s, estaría sometido o confinado a los escriturístico y a sus formas particulares. En ese sentido, los sujetos coloniales y poscoloniales (nunca en su totalidad) se “re-aprenderían” a sí mism@s con base en lo que de ellos se escribiese. Y tan victoriosa fue la imposición gnoseológica que, al surgir movimientos intelectuales que tenían como propósito, construir a África fuera de lo que de ella se había escrito, lo harían, y todavía lo hacen, por la vía de la escritura, partiendo de la premisa o dando por hecho de que, en relación con la construcción de los pasados africanos, formas ordenadas y cronológicamente montadas eran las más adecuadas, sobretodo cuando se contrastaban con las “patrañas míticas” que algunos ancianos en millones de comunidades utilizaban (y utilizan) para transmitir aspectos importantes de sus pasados a los demás. Muchos otros irían por la vía según la cual la escritura no es nociva, como podría pensarse a partir de su imposición, pero definitivamente no es sinónimo de superioridad y mucho menos es la manera soberana y correcta de construir imaginarios sobre algo o alguien. La palabra hablada no sucumbe ante lo escrito por ser fugaz. Si cualquiera pudiera decir lo que sea también cualquiera pudiera, y en efecto así ocurre, escribir lo que sea. La palabra hablada sucumbe ante la escrita cuando está acompañada de un proyecto de imposición de superioridad y de transformación de lo otro a lo que conviene a los hegemones letrados.