
¡Tropical, yo vivo en lo tropical! Así comenzaba una canción de Noel Hernández que, a propósito de la presentación del libro Salsa, Sabor y Control, cantara en la Sala de Actos de la casa editorial Siglo XXI en el barrio de Copilco en la Ciudad de México. Esta canción fue la primera imagen que llegó a mi mente cuando me enfrenté a esta foto. Frescura, movimiento suspendido por un breve lapso fotográfico y como no, tropicalía. Pero, aquello que pude haber imaginado, desde el principio, quizá no guarda demasiada relación con los objetos fotográficos. Es decir, no todo lo que está ahí, o más bien, no todo lo que está siendo representado por la fotografía pertenece propiamente a lo que se ha insistido en clasificar como tropical. Por un lado, el coco, la papaya, la sandía y la piña remiten, aunque de manera artificial, claro, a ese imaginario de lo tropical pero, ¿será que las uvas, moras azules y manzanas también lo hacen? Entiendo que no. Sin embargo, el hecho de que éstas últimas no den pie, quizá, a lo tropical, no obstaculizan la posibilidad de que se asocien con algo que también, a su vez, se ha tropicalizado, es decir, colores brillantes, contrastes, fresucura (nuevamente) y en ese caso, tampoco imposibilita la generación de imaginarios a partir, pues, de referentes disímiles entre sí. Creo entonces que ahí es que se establece la relación entre el conjunto de frutas disímiles, su representación y África.
Generalmente, aunque hayan excepciones importantes, muchos poseen la idea de África que desde occidente se ha generado. De hecho, aquí occidente no sólo se entiende como un lugar físico sino también como un lugar conceptual a partir del cual, y con base en ciertas condiciones gnoseológicas, se generan imaginarios. Y teniendo en cuenta lo anterior, entonces, deberá reconocerse que, en este caso, las ideas de África generadas a partir de los trabajos de autores disímiles entre sí, pienso en la relación entre Hegel y Senghor, por ejemplo, responden a paradigmas similares. Una de las muestras más evidentes es que, tanto uno como otro (Hegel y Senghor), contemplaron o idearon a África como un todo, como un aparato monolítico. Es decir, más Senghor que Hegel, reconocieron que tan gran territorio encerraba en sí mismo la diversidad más profunda pero, en aras de definir, desde la plataforma de la Negritud, la llamada Personalidad Africana, Senghor abogó a favor de la imagen de África como un todo homogéneo.
Lo anterior, es decir, la creación de imaginarios homogeneizantes de África, ha suscitado diversas respuestas entre los africanistas a lo largo del tiempo. Podría afirmarse que inclusive esto ha molestado. Se tiende a sobrevalorar la idea de África heterogénea por creerla más afín con lo que es evidente, con la realidad, con el desarrollo humano en el continente. Sin embargo, ¿quién puede negar que cuando se aboga por el imaginario heterogeneizante también partimos, pues, de la idea de que aquello otro puede ser figurado a través del lenguaje a partir de elementos disímiles entre sí? Esto implica, nada más y nada menos, el reconocimiento de que el continente en sí sólo es aprehensible, como idea, a través del lenguaje y que, como tal, la realidad de cualquier idea sobre África será, ante todo, una de carácter discursiva. Pero, entonces, ¿dónde queda la realidad? ¿Dónde está la verdadera África o el África más fidedigna? Pues, sólo en imaginarios. Se ha imaginado a África de manera homogénea o heterogénea pero, al fin y al cabo, es el ejercicio de imaginar el que debe estar en el centro de atención. He ahí el meollo, ya que imaginar, en este caso, estriba, de cierto modo, en crear a partir de elementos que no guardan demasiada relación entre sí. El lenguaje será el consorte del imaginario. De tal forma que, pretender encontrar veracidad será como pretender que no haya mediación entre el aquello y el yo. Y, finalmente, la imaginación de África, aunque tienda a considerar lo diverso y heterogéneo, casi siempre tiende también a, desde lo diverso o disímil, generar la idea de conjunto. Así como a partir de la fotografía se puede imaginar lo tropical, desde la relación entre los luya de Kenia y los Tuareg de Malí también puede elaborarse el sentido de pertenencia al conjunto. Las ideas de África y lo africano (en el continente y fuera de él) son posibles, han sido posibles y serán posibles desde infinitas perspectivas e intenciones. Pero, su posibilidad radicará en la capacidad con que se juegue con la disimilitud y la representación para que aflore el conjunto. Lo que resulte de este interplay, no podrá ser comparado con realidad alguna sino con el resultado, diferente por cierto, de otros interplays que se efectúen. Todo juego conducirá a imaginarios y estos, aunque se pretendan más o menos veraces, no evitarán que la realidad siga siendo un paradigma inalcanzable brillando desde un rincón remoto, haciéndonos creer que cabe, de alguna extraña forma, en aquello que la representa.
Referencias:
1. Mudimbe, Valentin. Op. Cit.
2. Davidson, Basil. Op. Cit.
3. Senghor, Léopold Sédar. Negritud I: Concepto General en Libertad, negritud y humanismo, Madrid, 1970.





