
Razonables facsímiles de pieles provenientes del tan manoseado mundo salvaje que se exponen en algún rincón de una tienda por departamentos. Tenderetes y estanterías las muestran, como brillando, como instando a una vuelta a la naturaleza desde la cómoda y glamorosa, siempre tenida por superior, civilización. De esa forma, y sólo de esa forma, lo salvaje resulta adorable para quien pretende poseerlo. Y, si mejor aún, algún material sintético sustituye la verdadera piel, entonces puede que el placer sea mayor porque aún más lejos se encuentra de lo peligrosamente salvaje y por ende, a salvo de contagios, confusiones, agresiones, enfermedades, podredumbre y todo aquello que se asocia con la también siempre incompleta narrativa de lo otro. Pero, el multiverso de aquello que lleva estampado animal (animal print) es casi inaprensible en sí mismo. No sólo hay todo tipo de ropa (faldas, pantalones y vestidos), sino también zapatos; zapatillas; carteras; bultos; mochilas; diademas; forros para timón de carros; bolsas de regalo; libretas; abrigos; edredones; pañuelos; cintas; ropa interior masculina y femenina; lápices; bolígrafos y cuentas, entre otras cosas. ¿Será simplemente un patrón decorativo más explotado hasta la saciedad? O ¿Existirán implicaciones más allá de lo aparente? ¿Qué motiva a que alguien luzca o utilice algo con estampado animal? Diversas son las razones y mejores los vínculos que se establecen entre su utilización cotidiana y la que se expresa en los vestigios de tiempos realmente ancestrales. “¡Porque sí!” O “¡Porque está de moda!” O “¡Porque está cool!” O, como me dijo una trabajadora de una tienda de ropa de mujer: “¡Porque las mujeres se sienten sexy cuando se visten con animal print!” Ese “sentirse sexy” no es otra cosa que, la expresión misma, en ocasiones tipo efecto placebo, de poder. Precisamente, la posible sensación de poder que brinde una pieza de ropa simulando piel de leopardo o guepardo, por ejemplo, es la que permite el imaginario vínculo con algunas Áfricas.
Podría pensarse que el enlace en el que se está pensando es aquél que remite a la utilización de pieles de animales a lo largo y ancho del continente africano, utilizaciones de las que Mobutu Sese Seko fue uno de sus grandes exponentes cuando aparecía en público con su sombrero de piel de leopardo. Esa pieza era indispensable en su atuendo. No se trataba de aparecer como un exponente más del exotismo o tribalismo que muchos encuentran tan típico de África. ¡No! Ante todo, y esta es una lectura que admite desafíos, se trataba de un aparato ideológico. ¡Sí! El sombrero de piel de leopardo de Mobutu encerraba, en sí mismo, toda una serie de implicaciones que intentaban, también como efecto placebo, sostener su posición en el poder en la antigua Zaire. El mensaje resultaba ser preciso y claro: quien lleve un sombrero hecho de piel de leopardo lleva consigo el poder mismo de ese animal. Agilidad; fiereza; velocidad; astucia; perspicacia y estrategia eran algunos de los mensajes que emanaban de la lengua de ese sombrero particular. En ese caso, Mobutu manifestaba utilizar el poder de la vestimenta para vender una imagen política de invencible tal y como también la vendía en Haití Francois Duvalier, vistiendo de traje negro, camisa blanca, sombrero y corbata negras, atuendo asociado en el Vudú con el loa o deidad Baron Samedí, el dueño del cementerio. Pero, el imaginario afrográfico va en otra dirección temporal y espacial.
Una buena cantidad de egiptólogos consideran que desde el Reino Antiguo de Egipto (c. 2600 a.C. – c. 2180 a.C.) el proceso funerario, del cual la momificación era uno de los pasos principales, se practicaba sobre el cadáver del faraón fallecido. Sin necesidad de entrar en cada uno de los rituales que conformaban todo este ensamble escatológico, es preciso describir uno que sostiene el vínculo que se desea construir.

Parte del proceso, mediante el cual se deseaba conducir al faraón momificado al mundo de los muertos, era un procedimiento conocido como el Ritual de la Apertura de la Boca. El sacerdote sem, que llevaba a cabo esta ceremonia, tenía a cargo la difícil tarea de realizar una saga al mundo de los muertos, buscar el ka (doble o personalidad espiritual del faraón) y devolverlo al cuerpo momificado para que éste pudiese disfrutar de las ofrendas y de todo lo que se había dispuesto para que el faraón tuviese una vida de muerto placentera. Para lograr todo esto, el sacerdote sem, además de su vestidura de lino blanco, llevaba en encima la piel de un leopardo o guepardo, según fuera el caso. Con ésta, y sólo con ella, el sacerdote se dotaba de la agilidad, astucia y rapidez que se requería para lograr su objetivo en el mundo de los muertos. Sin embargo, de acuerdo con algunos investigadores, es muy probable que la utilización de la piel, en algunas ocasiones, fuese sustituida por la de una tela de lino pintada con estampado animal ya que, durante todos los rituales funerarios, al parecer, era necesario que todos los sacerdotes se vistieran sólo de lino blanco(Angelina Macías Gotilla). Entonces, de ser así, la utilización contemporánea del estampado animal remite a los lejanos confines de Kmt, o sea, Egipto antiguo. Hace miles de años como hoy, al estampado animal se le atribuyen capacidades para proveer capacidad de acción efectiva sobre algo o alguien. Y aunque hayan existido múltiples agendas para extirparle a África la tierra de Egipto, no debe caber duda, aunque algunos lo nieguen, que la egipcia fue una civilización nacida y desarrollada en ese continente.
Referencias:
1. Bernal, Martin. Black Athena, The Afroasiatic Roots of Classical Civilization: Vol. 1, The Fabrication of Ancient Greece 1785-1985, New Brunswick: Rutgers University Press, 1987.
2. Schulz, Regine y Mathias Seidel (eds.), Egypt: The World of the Pharaohs,: Monchengladbach, Tandem Verlag GMBH, 2007.

1 comentario:
La lectura "Poderosos placebos" toca diversos temas, todos muy provocadores. Sin embargo, uno de los principales, en mi opinión, es el de la tantas veces denunciada desafricanización de Egipto. De forma muy ingeniosa, Chago Cabán utiliza el recurso de la vestimenta de estampado animal para acentuar los vínculos primigenios entre África y el antiguo Egipto, aportando constructivamente a un debate más que centenario, del que han formado parte, entre otros, Hegel, George James, Cheikh Anta Diop, Edward Said, Martin Bernal, Jacob Carruthers y Valentin Mudimbe. Tengo que admitir que, por mucho tiempo, mi africanofilia me llevó a defender, a veces de forma visceral, las credenciales africanas de Egipto. Cada vez que leía un artículo en el que entendía que se construía un Egipto fuera del contexto de las Áfricas, lo denunciaba como parte de una agenda occidentalista para negarle al mundo africano uno de sus fundamentos geoculturales. Sin embargo, en estos momentos me encuentro en un proceso de reflexión que me ha llevado a distanciarme de algunas de mis premisas. De hecho, he llegado a cuestionar si realmente Egipto constituye una pieza medular de esa gran comunidad imaginada que insistimos en llamar África. Las razones de mi apostasía son varias, pero en general remiten a la obra The Invention of Africa, de Mudimbe. Si damos por cierto el argumento de Mudimbe de que África es fundamentalmente una idea construída por los europeos occidentales en el contexto del desarrollo mercantilista, de la generalización de la esclavitud en el mundo atlántico, y eventualmente en el marco de la Ilustración y de la necesidad de crear un referente de atraso y primitivismo sobre el cual construir el metarrelato de la superioridad europea, debemos entonces entender que esa idea particular de África, en la que se enmarca la visión que en la actualidad casi todos tienen de esa inmensa colección de culturas y países, es exógena para los africanos y para las culturas africanas (independientemente de que la inmensa mayoría de los africanos la hayan adoptado). África es, en pocas palabras, una idea o concepto inventado por Occidente. De este modo, proclamar a Egipto como un país africano, o como el país africano por excelencia, o como el punto de partida de las culturas africanas, puede resultar problemático, por la sencilla razón de que Egipto no formaba parte integral de las ideas e imaginarios eurocéntricos que condujeron al proceso reduccionista y simplificador mediante el cual se construyó la moderna idea de África. Claro, siempre podríamos imaginar/construir un nuevo concepto de África del cual Egipto sea parte integral, pero esto todavía no ha ocurrido, o por lo menos no ha cuajado entre el gran público. África, en mayor o menor medida, sigue respondiendo a los epistemes que le dieron forma en los siglos XVIII, XIX y principios del XX. Cuando se habla de África, por tanto, se asume de modo informal que hacemos referencia a las regiones subsaharianas. El propio concepto, reduccionista por demás, de "cultura africana" nos remite de forma casi automática a las aldeas yoruba de Nigeria o a las culturas de los lagos centrales, y no tanto a las Pirámides de Egipto o a los zocos de Marruecos. Y no es que Egipto haya sido desterrado del imaginario africano. La gente sabe que Egipto se encuentra localizado en el continente africano (a excepción de la península del Sinaí, que se ubica en Asia). El punto es que Egipto no es el principal referente de esa África que imaginamos, pues en sus orígenes, como queda dicho, Egipto no fue insertado en esa construcción. Egipto se enmarca en la construcción orientalista que elaboraron los propios europeos, que se fundamentaba en la idea de la decadencia y no en la idea del primitivismo. "Oriente", que equivale a lo que conocemos como el Norte de África y Asia, desde el Magreb hasta los archipiélagos malayos, constituía, en el imaginario eurocéntrico, un extenso e impreciso territorio que desde muy temprano en la historia de la civilización experimentó un esplendor casi mítico. Los ejemplos de esta construcción abundan: el antiguo Egipto, Babilonia, Persia, la China de los Q'ing, el califato de Bagdad, la Mongolia de Genghis Khan, el imperio timúrida, la India de los mogules, etc. Pero, continuando con el metarrelato eurocéntrico, esa grandeza de proporciones épicas portaba en sus entrañas la semilla de la decadencia. Oriente era, pues, el referente de declive que, combinado con los referentes de primitivismo ofrecidos por África y la América indígena, proporcionaron la necesaria otredad inadaptada sobre la cual se creó la base de la proclamada superioridad de la Europa cristiana occidental, en sus vertientes católicas y protestantes. Egipto, como vemos, era pieza clave de ese Oriente construído desde Occidente. Insertar a Egipto en África hubiese negado la premisa de salvajismo y barbarie que los pensadores europeos le atribuyeron a su idea de África. De este modo, el África que inventa Occidente no podía, de ningún modo, incluir las civilizaciones del Nilo, y esa África que inventa Occidente no es otra que la que hemos heredado como realidad discursiva. Cuando esa realidad discursiva cambie, podremos exitosamente aceptar que Egipto es África. Mientras tanto, tendremos que aceptar la peculiaridad de Egipto, es decir, que Egipto es, ante todo, un fulcro de civilizaciones que no es enteramente africano, ni asiático ni europeo. Esta aseveración no niega que la cultura egipcia, en sus múltiples manifestaciones, haya podido influir poderosamente sobre diversas culturas africanas; pero no olvidemos que la cultura egipcia también influyó sobre la antigua Grecia. Es el propio Herodoto quien admite el origen egipcio de muchas de las ideas y conceptos adoptados por los helenos. Pero esto no hace de la egipcia una cultura helénica, protohelénica, y mucho menos protoeuropea, de modo que tampoco la influencia que ejerce en las Áfricas la convierte en una cultura propiamente africana.
Efectivamente, los sacerdotes sem del antiguo Egipto utilizaban muchas veces una piel de leopardo o de guepardo, o una tela de lino pintada con estampado animal, para agudizar su astucia y rapidez a la hora de realizar los rituales mediante los cuales se conduciría al faraón momificado al mundo de los muertos. Esta forma de estimular el ingenio pudo haberse extendido por África, como también pudo haberse extendido por el Levante, el Creciente Fértil, el Peloponeso, las islas del Dodecaneso, Creta y Macedonia. De hecho, existe evidencia de que los cretenses y los antiguos macedónicos utilizaban ropajes con estampado animal. Pero todo esto, con ser fascinante, no necesariamente africaniza, heleniza o asiatiza a Egipto. Sólo deconstruyendo la tradicional imagen africana que nos impusieron los pensadores ilustrados y positivistas podremos exitosamente africanizar o reafricanizar el antiguo país de Ptah. Pero nos falta mucho camino por recorrer. Al fin y al cabo, Egipto es una palabra griega y África es un término grecolatino de remoto origen fenicio. Mientras continuemos encapsulando estas ideas dentro de recipientes extra-africanos, estaremos condenados a concebirlas como otredades. Es decir, estaremos dándole la vuelta a la noria.
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