
¡Clasificación! El sentido que tiene ésta puede cobrar mayor contundencia a partir de las implicaciones que tenga. ¿Implicaciones? ¿Qué implica clasificar? Conlleva partir de la premisa, al menos en algunas ocasiones, de que se precisa uno o varios usos[de los cuales se extraerá ganancia de cualquier tipo] y, además, para que esos usos sean realmente redituables, debe haberse declarado el deseo del poder y, con él, la urgencia de reorganizar lo que cierta organización ya tenía. Visualmente, la clasificación podría entenderse en función de su contrario. Pero, ese contrario no es sinónimo de falta de orden sino más bien de falta de orden deseado. Las cuentas, claramente clasificadas por color en esta bandeja podrían ser placenteramente útiles si se mantienen como tal. El montón de ellas, todas juntas, estampa semejante a un arcoiris desparramado, cristalizado y deshecho en infinidad de trozos diminutos, ofrecería buenas razones a los desánimos que deambulan en busca de algo atractivo, de algo que asegure que el letargo del pasar por pasar tendrá ocaso o, más bien, que podría tenerlo. Pero, no todo está contemplado aún. Queda uno de los espacios sin rellenar. No hay nada-nadie en él. ¿Que será eso que pueda caber ahí? ¿Cabrá algo ahí? ¿Estará el vacío en función, únicamente, de ser ocupado para o por algo? Es posible que en toda clasificación sea necesario algún espacio-nada, uno que permita la re clasificación, que permita el juego, el movimiento, en fin, la reconformación. ¡Sí! Ninguna clasificación puede ni siquiera pensarse como definitiva. Clasificar implica re clasificar y ello, a su vez, remite a la necesidad de espacios no clasificados que respondan y resarzan la necesidad del movimiento reclasificatorio.
Pero, ¿qué es lo que remite a África de todo esto? ¿Las cuentas de colores? Siendo ellas tan abundantemente utilizadas a lo largo y ancho del continente, podría pensarse eso. Sin embargo, la relación sería demasiado evidente. Sí, evidente porque en muchos lugares de África las cuentas fungen como cosas significantes. Desde la iniciación hasta cuestiones relacionadas con el poder en las comunidades. Las cuentas son, indudablemente, aspectos culturales en función de la distinción y, como tal, de indentidad. Mas, nuevamente, no es esto lo que me remite a África a partir de la etnografía inicial. Muy por el contrario, lo que me remite al continente es la clasificación misma y sus motivos.
África, como espacio geográfico, económico y humano no ha escapado de la clasificación extrema y detallada. Pero, ¿por qué o quién ha ocurrido la clasificación a la que me refiero? ¿con qué motivos? En un proceso que podría fecharse su comienzo a partir del siglo XV, cuando los primeros navegantes portugueses recorrieron las costas de África occidental, la clasificación comenzó su lento y minucioso recorrido en algunas mentalidades europeas. Sus motivos, entre otros, el uso, y con ello, el rédito que de esa utilización podría extraerse de cara a otros intereses. A partir del acaecimiento temprano de la llamada división internacional del trabajo, el continente fue ubicado en un lugar (dentro del gran esquema económico de algunos intereses procedentes de Europa occidental) y, desde allí, tendría aportaciones asignadas. Entonces, de acuerdo con las aportaciones que de ella se esperaban, tendría que ser clasificada tanto en términos globales como en los más particulares. A nivel continental, y en la medida en que el comercio de esclavos se fue consolidando, África tendría su epíteto: el continente negro. De la mano del color, el negro, irían toda una serie de producciones de imaginarios acerca del salvajismo, canibalismo, fetichismo, eterna niñez y otros calificativos, a mi entender, todos en función de la dominación. De igual manera, la humanidad habida en el continente pasó a ser homogéneamente entendida como negra y durante el siglo XVIII, las clasificaciones raciales no dejarían a l@s african@s fuera de ellas.
Territorialmente, a nivel particular y no como un continente entre los demás, la clasificación de África tendría, y sigue teniendo, un trayecto largo pero constante. Por una parte, a nivel general se comenzaron a determinar qué regiones ofrecían aquello que muchos europeos interesaban. Desde esclavos y oro hasta, eventualmente, ya para el siglo XIX y el XX, gran variedad de materias primas que permitirían la consolidación industrial en algunas partes de Europa. A partir del siglo XIX, y durante el XX, la fuerza clasificatoria se haría centrípeta. El continente sería segmentado, dividido, construido a nivel territorial por áreas de influencia. Eventos como la Conferencia de Berlín, entre muchos otros, tendrían las finalidades de fijar cómo diversas naciones europeas podían acceder a su parte del pastel. Entonces, territorios y modos de producción serían transformados y clasificados en función del dominio, como se mencionó arriba. Pero, ¿ha sido esta clasificación una de carácter definitiva y absoluta? ¡No! ¡Imposible! No puede clasificarse de manera total y para siempre. Lo que sí se ha logrado es que, como resultado de los procesos coloniales europeos en el continente, gradualmente fueron entrenándose sectores que permitirían la reproducción de los actos clasificatorios. De hecho, desde el siglo XV ha habido sectores africanos que obtuvieron mucho rédito de la clasificación que de ellos mismos se hacía desde afuera. Pero, últimamente, esto tomó tonalidades más sistemáticas. Por ello, la clasificación se reproduce, no sólo por ser impuesta sino porque encuentra eco en el clasificado. Por esto, la clasificación siempre podrá ser reclasificada ad infinitum y con ella, se garantizará el rédito de los hegemones, locales y globales.
Referencias:
1. Davidson, Basil. The Search for Africa, Nueva York: Random House, 1994.
2. Mudimbe, Valentin. The Invention of Africa, Gnosis, Philosophy and the Order of Knowledge, Bloomington: Indiana University Press, 1988.
3. Rodney, Walter. How Europe Underdeveloped Africa, Washington D.C.: Howard University Press, 1981.
4. Wesseling, H.L. The Partition of Africa, 1880-1914, Westport: Praeger, 1996.

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En el año 2004 la prestigiosa National Geographic Society publicó un vistoso Atlas, dividido en diez elegantes volúmenes de portada negra y letras doradas. El primer volumen, como no podía ser de otro modo, fue dedicado a Europa. Las primeras palabras del volumen, publicadas en pleno siglo XXI, merecen ser citadas: "Si África fue la cuna de la Humanidad y Asia el hogar de su juventud, Europa fue uno de los primeros lugares donde el género humano alcanzó la madurez". La mentalidad clasificatoria, una de las hijas mimadas de la Modernidad, se vuelve a manifestar, proyectando la consabida jerarquización de los continentes: África es el eterno niño que se resiste a salir de su cuna, Asia es el adolescente que se ve abatido por el profuso acné que cubre sus Afganistanes y sus Indonesias, y Europa, ahhhh, Europa es el venerable cincuentón de chaqueta Armani y corbata de seda que pulula entre los corredores del poder político-militar, dentro de las galerías de arte donde se subastan los Warhol y los De Kooning, o dentro de las marfilescas torres académicas donde se diseñan economías y satélites espaciales. Europa es la representación de la madurez, de la sensatez, de la elegancia, de la serenidad, del savoir faire, del pragmatismo, del sentido común... es decir, de todo lo que África nunca será, o de todo lo que Asia será tan sólo a medias. Olvidemos la Inquisición, el holocausto nazi y las masacres de Kosovo. Europa es la civilización, y lo demás se acerca o se aleja de esa categoría en la medida en que pueda presentarse en sociedad con atavíos eurocéntricos. Si Estados Unidos es grande es por su europeización genética. Si Japón es grande es porque copió los modelos europeos en el momento indicado. En fin, la lista clasificatoria es extensa.
En honor a la verdad, estas clasificaciones no son tan antiguas como algunos podrían pensar. Los antiguos griegos admiraban y casi veneraban a los egipcios y a los etíopes. De hecho, afirmaban que los etíopes eran los hombres más honestos y hermosos del mundo, y que por eso los dioses les favorecían y visitaban anualmente. En cuanto a los europeos del Medioevo, éstos se imaginaban a sí mismos como los parientes pobres de la humanidad, en marcado contraste con la opulencia y sofisticación que emanaba de Cathay, de Cipango, de Damasco, de Samarcanda y de Timbuktú. El cambio de mentalidad, como dice Chago Cabán, comienza a producirse en el siglo XV, aunque realmente se consolida durante la Ilustración del siglo XVIII. No olvidemos que algunos de los paladines ilustrados, como Montesquieu, Hume y Kant, se embarcaron en un proyecto de superioridad europea que se fundamentaba, entre tantas otras cosas, en la manifiesta inferioridad de los oscuros y salvajes africanos. De hecho, estos mismos clasificadores y sus desendientes ideológicos se dieron a la tarea de descuartizar África y remover de ella todo lo que pudiese evocar el más mínimo brillo de grandeza. De este modo, Egipto fue desafricanizado y disuelto en un mundo mediterráneo protoeuropeo; los etíopes fueron clasificados como caucásicos de lengua semita; las edificaciones del Gran Zimbabwe le fueron asignadas a fantasmagóricos árabes procedentes de la costa swahili, e incluso el maravilloso sistema cosmológico del pueblo dogón de Malí le fue atribuído, por obra y gracia de Carl Sagan, a un "misterioso francés". En las últimas décadas, esta africanofobia/eurofilia ha comenzado a adoptar un tono más sutil. Ahora los estudiosos eurocéntricos (entre los que se halla un buen número de africanos y descendientes de africanos) exhiben grandes dosis de condescendencia y hasta de simpatía por lo africano, pero su discurso sigue siendo construido desde una superioridad intelectual que pondera la epistemología occidental como la única forma correcta de descifrar las cosas, y esto incluye las cosas africanas. El afán clasificatorio-jerarquizador sigue haciendo de las suyas, y África, como revela la inocente información aparecida en el Atlas 2004 de la National Geographic, sigue ocupando los últimos lugares. Sólo cuando se deje de euroclasificar, y comiencen a tomar forma clasiafricaciones y clasiaficaciones, podremos ver las cosas desde una perspectiva más realista, o por lo menos más sensata.
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