
Una de las muchas librerías de viejo de la gran Tenochtitlan. Todas ellas, casi sin excepción, muestran un panorama inicial polvoriento y quizá no tan aséptico como a ciertos intelectuales les fascina. Pero, ahí están estos recovecos repletos de libros encumbrados, apilados y, en muchas ocasiones, acomodados de acuerdo con su orden de llegada. No es que no exista un cosmos propio allí. La clasificación es, ante todo, algo que se encuentra con rigor asombroso en cualquiera de estas librerías. Habrá alguna que otra obra que se escape a dicho rigor y lo convierta, pues, en algo relativo. Pero, no hay que negar que lo libresco va de la mano con lo clasificatorio. Sin embargo, no es eso lo que me fascina de lo que simbólicamente estos lugares sudan. Por el contrario, lo que entretiene mi atención es lo que en el fondo constituye una de las razones de ser de estos sitios. Podría expresarse de la siguiente manera: ¡las librerías de viejo existen porque por más malogrado, maltratado, superado y anacrónico que sea un libro, se entiende que siempre podrá ser útil para extraer algún conocimiento de él! Estos lugares son como homenajes pre-mortem de todo aquello libresco a lo que le es negado el perecer, el simplemente perecer. Es como la sublimación raquítica y decrépita del fetiche-libro. Es, en cierta y sólo en cierta medida, la afirmación a ultranza del atrincheramiento que hemos hecho del conocimiento en su cosificación visible. Ésta es sólo una de las posibles miradas. Obviamente existen otras condiciones que sustentan y sostienen estos lugares. Pero, la que mencioné arriba es la que precisamente me lleva a cruzar el Atlántico y, una vez que lo haya cruzado, traer a África de vuelta a América. Me refiero al hecho de que las relaciones de poder que se han establecido entre los llamados pueblos del libro y los pueblos orales, en las cuales generalmente los primeros han apabullado a los últimos, puede percibirse que una de las “causas” de la “superioridad” de los pueblos del libro es precisamente el conocimiento que la escritura le ha ayudado a codificar y a, por qué no afirmarlo así, sofisticar. Aunque queda claro que no existen pueblos del libro en términos absolutos, es decir, no es que en la Europa del siglo XVIII y XIX todo el mundo tuviese acceso a la tecnología de la escritura y mucho menos a medios escritos. Lo que podría afirmarse es que en Europa occidental, sobretodo a partir de la aparición de la imprenta, la escritura como acto y en su forma visual, han sido asociadas sublimemente con el conocimiento por los sectores dominantes en las diversas sociedades. Esa sublimación fue exportada hacia los confines del mundo que algunas naciones europeas dominaron. La imposición de esa sublimación llevó consigo el desprestigio sistemático y hasta automático de las tecnologías que la palabra hablada posee para crear, organizar y reproducir conocimientos. Pero, me parece que llevó a algo peor. No sólo me refiero al hecho de que, mientras el poderío político y económico europeos se consolidaban en África la escritura se desparramaba con ellos también sino que la nueva condición de los múltiples lugares del continente que estarían bajo estos dominios factuales a partir del siglo XIX, y también sus pasados, debían contemplarse mediante formas entendidas como adecuadas y correctas, es decir, a través de la escritura. Entonces, quien tuviese acceso a la escritura no sólo era entendid@ con posibilidad de acceder a parte de un conocimiento “superior”, venido con los europeos, sino que el propio “conocimiento” de sí, african@s, estaría sometido o confinado a los escriturístico y a sus formas particulares. En ese sentido, los sujetos coloniales y poscoloniales (nunca en su totalidad) se “re-aprenderían” a sí mism@s con base en lo que de ellos se escribiese. Y tan victoriosa fue la imposición gnoseológica que, al surgir movimientos intelectuales que tenían como propósito, construir a África fuera de lo que de ella se había escrito, lo harían, y todavía lo hacen, por la vía de la escritura, partiendo de la premisa o dando por hecho de que, en relación con la construcción de los pasados africanos, formas ordenadas y cronológicamente montadas eran las más adecuadas, sobretodo cuando se contrastaban con las “patrañas míticas” que algunos ancianos en millones de comunidades utilizaban (y utilizan) para transmitir aspectos importantes de sus pasados a los demás. Muchos otros irían por la vía según la cual la escritura no es nociva, como podría pensarse a partir de su imposición, pero definitivamente no es sinónimo de superioridad y mucho menos es la manera soberana y correcta de construir imaginarios sobre algo o alguien. La palabra hablada no sucumbe ante lo escrito por ser fugaz. Si cualquiera pudiera decir lo que sea también cualquiera pudiera, y en efecto así ocurre, escribir lo que sea. La palabra hablada sucumbe ante la escrita cuando está acompañada de un proyecto de imposición de superioridad y de transformación de lo otro a lo que conviene a los hegemones letrados.

4 comentarios:
Hace más de cinco mil años, un joven estudiante de origen sumerio escribió sobre las vicisitudes que enfrentaba para aprender a leer y escribir correctamente. Entre sus experiencias, destacaban las injurias recibidas en plena escuela por su mala caligrafía. También llama poderosamente la atención su confesión de que luego de invitar al maestro a cenar a su casa, y de que sus padres obsequiaran al enseñante con exquisitos manjares, el joven comenzó a experimentar menos problemas en la escuela, y a ser tratado con mayor consideración y respeto por el maestro y por sus compañeros. Esto, que le ocurrió a un sumerio anónimo que vivió hace cinco milenios, podría haberle ocurrido a un chino de la era Han, a un habitante de la Praga medieval, a un francés de la época de la Revolución o a un puertorriqueño del siglo XXI. Se trata de un tema atemporal, que no conlleva demasiada importancia intrínseca. Sin embargo, no deja de ser llamativo el hecho de que la modesta peripecia del joven estudiante sumerio pueda ser comentada en el año 2009 de la era cristiana. La razón es sencilla: el hecho fue recogido y perpetuado mediante la palabra escrita. La escritura es, indudablemente, uno de los inventos más importantes y revolucionarios de todos los tiempos, conjuntamente con la agricultura, la ciudad y la numerología. La escritura permite la conservación y transmisión de hechos en una forma en que no puede hacerlo la palabra hablada. La palabra hablada no es superior ni inferior a la escrita. Sencillamente es perecedera, mientras que la escrita puede durar siglos y milenios. Se dicen y se escriben demasiadas estupideces, por supuesto, pero las estupideces escritas durarán más que las expresadas oralmente, del mismo modo que genialidades habladas corren el riesgo de perderse para la humanidad si no son expresadas como material escrito. Lo que trato de exponer es que la palabra escrita constituye un avance con respecto a la hablada, aunque esto no necesariamente implica que la primera deba sustituir a la segunda, como en efecto no ha hecho. La historia recuerda mejor al aedo que al rapsoda, independientemente de que el rapsoda sea el creador y el aedo un mero reproductor. Por eso conocemos y disfrutamos textos como La Ilíada y La Odisea... porque un aedo se tomó la molestia de poner por escrito, de forma más o menos rigurosa, lo que uno o varios rapsodas crearon. Por supuesto, es muy posible que la Iliada oral (la rapsódica) sea muy superior a la Iliada escrita (la aédica). Pero nunca lo sabremos, pues la rapsódica se perdió en la oscuridad de los tiempos, mientras que la aédica ha llegado hasta nuestros días, con todas sus virtudes y defectos. Dicho esto, debo admitir que, romanticismos aparte, el hecho de que los europeos llevasen la palabra escrita a unas regiones de África (no a todas, pues regiones como Egipto, el Magreb, Etiopía y buena parte del Sahel contaban con la escritura antes de que muchos europeos lo hicieran) no constituyó, en sí mismo, un atropello o una violación. Constituyó un avance en muchos aspectos. Quizás el problema fue el contexto histórico en que la escritura fue llevada a esas regiones africanas, es decir, el contexto colonizador y misionero de la segunda mitad del siglo XIX y de las primeras décadas del XX. En esa época el darwinismo social se hallaba en su apogeo y la perspectiva evolucionista aplicada a las culturas y civilizaciones todavía no había recibido o internalizado las críticas de antropólogos como Franz Boas y Ruth Benedict. En esas circunstancias, la escritura no podía ser vista de otro modo que como una prueba de la superioridad de los colonizadores y/o de la inferioridad de los colonizados. Esto, evidentemente, implicó que las relaciones de los llamados pueblos del libro y las de los pueblos orales fuesen de poder, y que, como afirma Cabán, que los pueblos orales fuesen "apabullados". También conllevó cierto desprestigio sistémico de la palabra hablada. Pero no debemos olvidar que la revolución de la escritura es de carácter universal y no exclusivamente eurocéntrico. Al fin y al cabo, la escritura comenzó en Sumeria (la patria de aquel joven estudiante con la que comencé este comentario-agrófago) y la imprenta es un invento chino, independientemente de que muchos eurocéntricos continúen concediéndoselo a Johan Gutenberg, quien en realidad la adaptó al alfabeto latino. La palabra escrita ha realizado un largo viaje desde sus orígenes mesopotámicos, y su aparición en determinadas regiones ha resultado intempestiva y quizás desconcertante, pero nunca nociva, ni a corto ni a largo plazo. Efectivamente, quienes construyen la identidad y la historia de África, sean o no sujetos (pos)coloniales, se valen de la palabra escrita, pues es la única forma de crear un conocimiento y una memoria colectiva en términos verdaderamente holísticos. No todos lo hacen porque perciban la escritura como gnoseológicamente superior al verbo de los ancianos, y aún cuando piensen de ese modo la motivación para adoptar la escritura responde, principalmente, a lo pragmático. Por esa razón, discrepo de la aseveración según la cual la palabra hablada sucumbe ante la escrita sólo si está acompañada de un proyecto de imposición cultural. Aún cuando dicho proyecto estuviese ausente (wishful thinking) el pragmatismo de lo escrito se impondría sobre la comunicación oral en muchos aspectos. Pero no en todos, ciertamente. Y es que, en mi opinión, lo escrito y lo oral cumplen funciones que, lejos de ser antagónicas (como a los polemistas le encanta presentar), pueden ser perfectamente complementarias. Al día de hoy, cientos de miles de ancianos continúan aleccionando verbalmente a jóvenes aldeanos de media África, lo que no impide que esos mismos jóvenes terminen desplazándose a alguna gran ciudad (sea Maputo, sea Accra, o sea Londres) y adentrándose en la lógica de la escritura. Sí, definitivamente debemos denostar el proyecto eurocéntrico mediante el cual se jerarquizó a la totalidad de la humanidad, pero debemos ser cautelosos con la crítica, pues no todas las "imposiciones" eurocéntricas fueron dañinas. O quizás sí lo fueron, pero entonces tendríamos que dejar de percibir la escritura como una mera herramienta europea de poder y verla como un invento revolucionario que tardó miles de años en apoderarse del mundo, desde sus modestos orígenes a orillas del Tigris y del Éufrates. Gracias a la misma, un joven estudiante africano podrá ser recordado dentro de cinco mil años, tal y como hoy recordamos a aquel ya no tan anónimo joven sumerio.
La verdad es que el comentario de Luis merece una pequeña respuesta de mi parte antes de que se me atribuyan concepciones lejanas a lo que quiero plantear. Lo que he querido hacer aquí no es estigmatizar a la escritura y simplemente ponerla como un elemento de poder y supresión de lo otro en ciertos contextos. Por el contrario, la discusión, implícitamente, va un poco más allá. Apunta a cómo, en buena medida, se ha sobrevalorado y sobreestimado la escritura como instrumento de creación, organización y reproducción de conocimiento. L:os ejemplos que expone el compañero sobre la escritura sumeria, entre otras, de alguna forma expresan, también de manera implícita, las relaciones de poder social que se establecieron en relación con lo escrito. No era cualquiera el que estudiaba en una escuela de escribas en la Mesopotamia de 2600 a.C. Por otro lado, es de admirar lo categórico de la expresión "lo pragmático de lo escrito". Eso sólo puede ocurrir a partir de una mentalidad, como la de muchos de nosotros, que considera que la escritura es algo realmente útil. Pero, la palabra hablada es también entendida como práctica en muchos contextos. De hecho, mucho más práctica. También, la palabra hablada es entendida como, en contextos ágrafos, no como perecedera, sino como aquello posible de ser nuevamente pronunciado en tanto las condiciones lo permitan. Lo escrito subsiste en condiciones específicas. Lo oral también. Pero, sin negar aquello maravilloso que acompaña a la escritura, no hay que dudar que sólo ella es ventajosa a partir de que se es impuesto un sistema, local o global, en el cual, ella misma, la escritura, es considerada como una herramienta importante en la creación, codificación y preservación de lo hecho y lo pensado. De no estar asociada a esas imposiciones de carácter político, económico y gnoseológico, la escritura sería algo como un acto que sólo pocos podrían ejecutar, muy pocos. De hecho, muy pocos eran los que conocían la escritura del árabe, tifinaj y ge'ez en algunas partes de África. Estas escrituras, algo obvio, no eran lo que Herodoto llamó "demótikos", es decir, escrituras del "pueblo". Sólo algunos las conocían y la practicaban. Y la memoria de miles de africanos no dependió de si existían crónicas en estos lenguajes escritos ya que, como es de suponer, aquello que consituye la memoria de un lugar, en contextos ágrafos, no se construye a partir de algo tangible que me diga como fue ese pasado en sí, sino más bien, se constituye a partir de cómo, a partir de un presente determinado, se imaginan los pasados, no para que cuadren con aquello que ocurrió en sí sino con lo que ocurre en ese presente determinado a partir del cual se imagina.
Agradezco sobremanera la aclaración de Cabán pues, efectivamente, percibí en la entrada original cierta hostilidad hacia la palabra escrita y cierto grado de contraposición entre lo escrito y lo hablado, como si estuviésemos obligados a brindarle continuidad al esquema hegemónico que los europeos, consciente e inconscientemente, implantaron en África (aunque en esta ocasión desde la trinchera de los "apabullados", que en realidad son víctimas circunstanciales de dichos esquemas, y que, por supuesto, son perfectamente capaces de imponer y jerarquizar tan bien como lo hicieron y hacen los europeos). Es pertinente que se aclare que lo hablado y lo escrito son actividades eminentemente prácticas (no creo necesario indicar que una lo sea más que la otra) y que cualquier connotación de superioridad gnoseológica o epistemológica de lo escrito sobre lo hablado o viceversa, con ser un hecho desafortunado, no le resta un ápice de importancia y valor al lenguaje, en sus asepciones escrita y oral. De hecho, no creo que se haya sobrevalorado el papel de lo escrito como instrumento de creación y organización. Sobrevalorar significa darle a algo más valor del que tiene intrínsecamente, y me parece que el valor de la palabra escrita, así como el de la hablada, es incalculable (creo que en los dominios de la palabra escrita, casi todo el mundo, incluyendo a eurocéntricos y afrocéntricos, podría coincidir con eso, si bien un afrocéntrico probablemente añadiría que lo escrito es una contingencia, aún cuando admita su enorme valor). Por supuesto, todos debemos reconocer que lo escrito ha conllevado, a lo largo de su turbulenta historia, un realineamiento en las relaciones de poder social, como ocurrió con el fuego, con la agricultura, con la propia palabra hablada (que lo "digan" Buda y Sócrates), con la máquina de vapor y con el Internet. No todos tenían la capacidad de crear fuego. No todos poseían el conocimiento agrícola. No todos tienen Internet. Todo son relaciones de poder, en última instancia. Entonces tendríamos que adentrarnos en el análisis sistemático de una naturaleza humana (y/o animal) que se orienta en casi cualquier circunstancia, y a la menor provocación, hacia el establecimiento de jerarquías, y a partir de ahí entender supuestas "contingencias" como la escritura y el Internet como el despliegue de esa conducta que, por lo visto, es más natural de lo que a muchos peace-lovers (incluidas las insulsas reinas de belleza) les apetece admitir. Finalmente quiero añadir que coincido con el Maestro Cabán en que la (re)creación del pasado en las sociedades ágrafas no depende ni dependerá nunca de lo escrito. Creo, de hecho, que lo escrito no monopoliza el conocimiento ni siquiera en las sociedades en que se venera el fetiche libresco. Por eso indicaba que cualquier apariencia de confrontación entre lo escrito y lo hablado me parece estéril y artificial, por más que en el contexto de las relaciones humanas se haya utilizado para imponer unas prácticas y creencias determinadas sobre ciertos grupos. Aunque debo confesar que lo artificial, con todo y su carácter artificioso, es una realidad que pesa demasiado en las relaciones sociales. A veces más que lo "real" (whatever that means).
Mi comentario será oral, así que ya te lo diré
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