
Escenas como ésta son inmensamente comunes en el Puerto Rico contemporáneo. ¿Quién habrá prescindido de ellas en algún momento? A mi entender, no mucha gente. Cada vez más nos familiarizamos con los lugares en los que simplemente la colocación de alguno que otro desperdicio se convierte en el sentido categórico del espacio. Podría llegar a plantearse, inclusive, que para mucha gente, cualquier esquinita vacía es buena para tirar algún desecho, del tipo que sea. Pero, esto tiene que ver con otros matices que superan el simple hecho de desechar. El montón de llantas usadas y apiladas en las postrimerías de las gomeras, son el significante ineludible de un consumo tan descomunal que supera nuestra propia capacidad para manejar sus “productos”, es decir, resultados “inservibles”. A partir de ahí, de esas evidencias del hiperconsumo, comienzan, también, a evidenciarse otros tipos de consecuencias que no son menos mortales que la contaminación ambiental generalizada. Dentro de esas gomas expuestas a la intemperie ocurre el proceso de gestación del mosquito que transmite el dengue, “curiosamente” llamado en latín Aedes Aegiptis (literalmente, el mosquito egipcio), con lo cual, a partir de su clasificación científica, se hace alusión a que el portador y transmisor de tan terrible enfermedad posee ascendencia egipcia, y con ello, “africana”. Pero, no es ese el sentido que la afrografía utiliza para vincular esta imagen con África. De igual manera, tampoco el vínculo construído entre Puerto Rico y el continente africano, a partir del montón de llantas apiladas, tiene que ver con lo que Papo Rosario, uno de los cantantes del Gran Combo, expresara en la canción “El Carbonerito”: “como yo soy un negro color goma, nuestro producto salió negrito también”. En este caso, la negrura de la goma, ni la del teléfono ni la de otras tantas cosas negras o prietas de nuestro contexto sirven para establecer el vínculo deseado. Todo eso sería, como se ha hecho ver en tantas otras ocasiones, demasiado simplista (obvio) y además tendería a establecer visiones típicamente racializantes y estigmatizantes de aquello que hemos insistido en llamar África. La pregunta no puede aguardar más: ¿cómo ese montón de llantas permite construir continuidades discontinuas con África? Todo parte de un eje central: el caucho.
Aunque no sea demasiado conocido entre algunos estudiosos de África en Puerto Rico, la parte occidental del continente, por lo menos desde la década del 20 del siglo XX (1926, para ser exactos), comenzó a ser uno de los puntos más importantes en la producción de caucho. El árbol, salido de Brasil en condiciones que hace muchos años atrás Eduardo Galeano recreara tan bien en su clásico Las venas abiertas de América Latina, pronto fue diseminado, no sólo a través del archipiélago malayo sino también por otros puntos, entre ellos, un estado “independiente” desde 1847 llamado, irónicamente, Liberia. Allí, Harvey Firestone, fundaría la productora de caucho quizá más importante en el mundo de aquella época y de ésta. Podría afirmarse que, la joven industria automotriz estadounidense, tendría definitivamente un suertudo empujón con el suministro de llantas que la compañía Firestone haría posible. África estaría, otra vez, en función de las demandas provenientes de su exterior. Respondería suministrando la materia prima que las veloces maquinarias requerirían. Eventualmente, de Liberia saldría mucho del material que no sólo se utilizaría en llantas sino también en una infinidad de productos que van desde profilácticos hasta cobertores de equipos como el Iphone o Ipod. Todo lo que sea de goma, que sea resultante de su ancestro remoto: el caucho, bien puede, de manera inesperada, vincularnos con África. Aunque es más que obvio que no todas las gomas o llantas que se venden en el mercado provienen de la marca Firestone, es altísimamente probable que la Firestone Natural Rubber, poseedora de la plantación de caucho más grande del mundo, en Liberia, haya suministrado gran parte del componente principal para la creación de múltiples bienes. Sin embargo, e indudablemente, todo tendrá que permanecer en el imaginario. No habrá nada de “africano” en el látex o en la llanta. No habrá manera alguna, a simple vista, de determinar las “africanías latéxicas”. Ningún plástico tiene por qué hablarme de África, pero no hay duda de que puede afrografiarsele. Al carecer de gentilicio, ningún caucho puede ser “africano”, pero ciertamente es posible construir su africanía. Con el mero hecho de que alguna parte del continente haya sido reconocida como productora de caucho, es más que suficiente para tejer una relación imaginada, tan imaginada como muchas de las que hemos consumido como certeras e inconfundibles.
Foto por Jenny Falcón

5 comentarios:
Cuando se habla de África y de caucho me vienen a la mente dos "estados libres" que existieron en el África subsahariana durante la segunda mitad del siglo XIX. Uno es Liberia, cuya situación es abordada por el maestro Cabán en el afrógrafo que nos ocupa hoy. Pero el otro caso es, en mi opinión, mucho más brutal y desgarrador, si cabe. Se trata de la situación que se generó en el llamado Estado Libre del Congo. Este "estado" se estableció en 1885, siendo gobernado de forma personal por el rey Leopoldo de Bélgica. Este rey, cuyos poderes en el territorio belga estaban limitados por una Constitución bastante liberal, administró el Congo como un verdadero sátrapa, siendo su única y exclusiva motivación la de extraer todas las riquezas posibles del territorio, utilizando a la población nativa como mano de obra esclava. El Congo era sumamente rico, pero sus productos más lucrativos durante el gobierno de Leopoldo (1885-1908) fueron el marfil y el caucho (en su variante del árbol conocido científicamente como Landolphia). De hecho, para 1893 el caucho se convierte en el producto principal, con repercusiones terribles para la población autóctona. Lo que hubo en el Congo leopoldino fue un verdadero régimen de terror. Una especie de campo de concentración de 2,300,000 kilómetros cuadrados. Inicialmente, los administradores y capataces europeos fomentaron el secuestro de mujeres y niños indígenas, que serían "rescatados" a cambio de que los hombres nativos extrajeran todo el caucho que pudieran y lo entregaran a los europeos. Pero pronto fueron organizados como trabajadores, a los que se les asignaban unas cuotas mínimas. Si no cumplían con dichas cuotas, los europeos podían asesinar a un número de trabajadores escogidos aleatoriamente, o se les mutilaba indiscriminadamente (generalmente la mano derecha o los genitales), o se les pegaba con el tristemente famoso "chicotte", que era un látigo que desgarraba las carnes de su víctima. Según el historiador Adam Hochschild, el número de congoleños muertos bajo condiciones de explotación pudo haber oscilado entre 5 y 10 millones, lo cual dejaría cortos a los genocidios más célebres del siglo XX, es decir, el armenio (un millón) y el judío (6 millones). Toda esa sangre corrió para que las empresas que monopolizaban la producción de caucho lograran beneficios del 700% (como ocurrió en 1897) o para que el propio rey Leopoldo amasara una fortuna personal que ascendía a 80 millones de dólares de la época (mucho más de un billón de dólares actuales). Pero las escandalosas condiciones imperantes en el territorio llevaron a que la prensa internacional criticara sistemáticamente a Leopoldo, lo que le llevó a traspasarle el Congo al Estado belga a cambio de una jugosa compensación. De este modo, surgió el Congo Belga (1908-60).
Como vemos, las vinculaciones entre los neumáticos, el caucho y el continente africano pueden ser sumamente sangrientas. Sumamente trágicas, de hecho. Pero también es trágico que en la memoria colectiva del mundo actual este horror apenas tenga cabida. Los horrores que Hitler y Stalin le impusieron a millones de personas fueron inaceptables, evidentemente. Pero el hecho es que Hitler y Stalin trataron a sus víctimas europeas en formas no muy diferentes a como fueron tratados los nativos en el Estado Libre del Congo, o a como en su momento fueron tratados los nativos en la América española. Podríamos concluir que, en términos prácticos, la vida de un europeo o blanco equivale a la vida de cien indígenas negros, amarillos o colorados. Por eso, los 3,000 que murieron en las Torres Gemelas (independientemente de que no todos fueran blancos) son más "famosos" que los más de 200,000 civiles que han muerto en la guerra de Irak. También por eso poca gente recuerda a los millones de africanos muertos de forma violenta durante los años del auge cauchero en las riberas del Congo.
Lamento haberme apartado del tema central del afrógrafo, pero no podía dejar pasar la oportunidad de dedicar unas insignificantes líneas a la memoria de las víctimas africanas del caucho.
Súper dato importante: las llantas antes de tenerlas el cliente, ya se ha pagado el impuesto para su reciclaje. Increíble! Mil gracias por permitirme colaborar contigo!
Africa al igual que el Caribe han sido y siguen siendo fuentes explotadas de recursos para los llamados paises de primer mundo, los cuales comparten en su historia ser los primeros en experimentar el "adelanto" industrial (sean del viejo o del nuevo mundo) pero no sin ser auspiciados por los terrenos del Caribe y Africa, compartimos un pasado colonial y compartimos ademas una pobreza patrocinada por nuestros "amigos" colonizadores
http://gurlgoestoafrica.tumblr.com/
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