

Escena muy común en fiestas de pueblo en Puerto Rico: zafacón atestado de basura. Pareciera que nadie presta atención a algo con tanta omnipresencia en estos contextos. En cada esquina, al pie de cada poste, se encuentra uno de estos depósitos, parados allí, inmóviles, fuera de toda atención, increíblemente pasivos. Nunca es demasiado, generalmente se entiende que le cabe algo más a lo que ya está justamente ataponado de nuestras euforias consumidas. Imagino, y es que es algo perfectamente imaginable, cómo la gente, viendo que el zafacón no aguanta más, coloca en su pináculo la lata de su pretérita cerveza o sus ancestrales vasos con lustre neón. Los imagino con todo el cuidado que motiva la intención de que lo colocado no se caiga al suelo para no tener que recogerlo o quizá para que no quede en evidencia que si se cae probablemente a nadie le importará y menos a la persona. Imagino, igualmente, cuando llega el momento en que el zafacón, como resultado de un ataque de histeria, se sacude a sí mismo y su borrascosas cumbres ceden y al caer al suelo forman como un tapete que finamente adorna los alrededores inmediatos. Pero, ¿acaso se podrán construir identidades a partir de todo ese desecho? Definitivamente, de alguna manera u otra, ese zafacón repleto de basura remite a quienes lo hemos llenado. De hecho, nos expone como fieles pensadores y practicantes del úselo y deséchelo. Nos hace discípulos aplicadísimos de lo perecedero, de lo no re-utilizable, de lo inservible, de lo que se puede botar porque siempre, sí, siempre habrá otro para utilizar. Surge, con el tiempo, la protesta. El zafacón manifiesta su molestia y elabora estrategias para alejarnos. Aparece el hedor, aroma resultante de la combinación perfecta y sublime entre lo biodegradable descompuesto y lo una vez fermentado volviéndose a fermentar a la fuerza, sin remedio. Ante todo esto me pregunto: ¿qué tal si toda esa basura, y hasta ese hedor, fuesen utilizables para con otros fines? No me refiero a la fabricación de composta ni al reciclaje. Vuelvo y formulo la pregunta: ¿qué tal si hubiese otro uso para toda nuestra basura? A partir de este cuestionamiento es que imagino la relación entre lo descrito arriba y África.
En el año 2001, entre los meses de marzo y junio, llevé a cabo trabajo de campo en la República de Benín, África occidental. Como parte de esto, visité la aldea yoruba de Ketu, ubicada en la parte sur oriental de ese país. Una tarde de mayo, visité uno de los barrios más famosos de la aldea: Aitonlá. De hecho, el nombre del barrio remite al nombre del orisha (deidad) que, según los habitantes, sirve de resguardo a la comunidad. Además de resguardar la aldea de amenazas internas y foráneas, Aitonlá posee un poder ampliamente reconocido: brindarle la posibilidad de tener hijos a las mujeres estériles. Para transformar dicha posibilidad en algo factual, Aitonlá, como cualquier otro orisha, exige ofrendas. En este contexto, la ofrenda es el operador que permite que se transite desde lo que se anhela hasta lo obtenido concretamente. Pero, ¿qué tipo de ofrendas son las que exige Aitonlá? Pues, increíblemente, este orisha pide que la persona interesada le ofrezca la basura de su casa y, además, que defeque y que orine en el lugar en donde se encuentra su representación material. El lugar al que me refiero, su representación material, consiste de una colina repleta de basura y excremento humano, y con fuerte hedor a orina. ¿Qué sentido tiene esto en este contexto específico? Probablemente Aitonlá le pide a las personas que le ofrezcan lo que ellas no necesitan para brindarle lo que desean. La basura se convierte en la vía, en la posibilidad, en el medio para acceder a todo aquello que resulte importante y decisivo. Aunque podría pensarse que esto es algo habitual en los rituales de la religión yoruba, no es así. Es decir, no es que no se utilice la basura para llevar a cabo ciertos rituales pero, la utilización de basura, excreta y orina como ofrendas no es algo ni remotamente usual. Aitonlá, en este sentido, constituye un caso único. Tan es así que, se entiende como un orisha regional, exclusivo de Ketu. No se conoce de la existencia de otra representación material de Aitonlá ni siquiera fuera del barrio que lleva su nombre. Sin embargo, desde su radical localidad, Aitonlá invita a reflexionar acerca de las posibilidades que, como humanidad, hemos desarrollado para con la basura.
Referencias:
1. Entrevista realizada a Odu Iroko en el barrio de Aitonlá, Ketu. (8 de mayo de 2001).
2.Galeano, Eduardo. Úselo y tírelo en:
http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/uselo.y.tirelo.htm
3. Parrinder, Geoffrey. Les Vicisitudes de l’histoire de Ketu, Cotonou: Les Editions du Flamboyant, 1997.

3 comentarios:
Tengo de decir que el fascinante relato de Aitonlá me remitió a una experiencia que tuve en enero de 2007, durante mi visita a la ciudad de Nouakchott, capital de la República Islámica de Mauritania. Cada vez que visito una ciudad africana, mi primer destino, insoslayablemente, es el gran mercado local. El gran mercado es el lugar público por excelencia, donde todos los sectores sociales operan, interactúan y generan dinámicas que potencialmente pueden ser decisivas para el devenir de la sociedad en cuestión. Los estados nacionales africanos, que al decir de Benedict Anderson constituyen comunidades imaginadas, nunca han sido tan descifrables y palpables como en los grandes mercados de las urbes africanas. Probablemente Mauritania sólo existe en la mente de la burocracia administrativa mauritana y en el gran mercado de Nouakchott, así como Togo sólo existe en la mente de la burocracia administrativa togoleña y en el gran mercado de Lomé. Pero ése es otro tema. Pues bien, decía que el día en que visité el gran mercado de Nouakchott me llevé una impactante sorpresa. Todo el perímetro del inmenso mercado estaba repleto de basura. Toneladas de basura, literalmente. Pregunté si era normal semejante cantidad de basura, y se me contestó que sí, que la presencia de basura era tan antigua como el propio mercado. En medio de mi estupor, intenté buscarle sentido al aparente caos. Mauritania ha sido, tradicionalmente, un país de nómadas. En 1960, cuando el país obtuvo su independencia de Francia, se estimaba que el 77% de la población era nómada. Para el 2005, se estimaba que el 25% de la población seguía siendo nómada y que un 40% era semi-nómada, moviéndose estacionalmente entre la costa, los pueblos del interior y la ribera del río Senegal, donde muchos se dedicaban a la agricultura. La aparente reducción del nomadismo responde, según los datos, a que la creciente desertización del país ha diezmado las cabañas de camellos, cabras, ovejas y cebúes, obligando a los pastores a dedicarse estacionalmente a la agricultura, o, en el peor de los casos, a dirigirse a la congestionada Nouakchott, que ha crecido espectacularmente en los últimos 20 años. Aunque Nouakchott es una ciudad moderna (fundada en 1957), está construída, en gran medida, sobre la base de la convivencia entre grupos de largo historial de sedentarismo (principalmente los llamados moros, de lengua hasania) y otros de reciente trasfondo nómada o semi-nómada. Es posible, por tanto, que la inmensa cantidad de basura que puebla el gran mercado de la ciudad, así como la aparente dejadez de quienes compran y venden mercancías en dicho espacio, respondan a ese trasfondo de escapismo, de precariedad, de poco sentido de la pertenencia, de cimarronaje, de ausencia de raíces, que impone la mentalidad nómada. Tomando en cuenta situaciones similares, aunque no tan impactantes, vividas en Puerto Rico, particularmente en las famosas fiestas de pueblo o en los festivales playeros, donde la cantidad de basura acumulada es tan espantosa como la dejadez de quienes ensucian dicho entorno, uno se pregunta si esas realidades remiten, de algún modo, al pasado cimarrón y anti-urbano de un importante sector de la población puertorriqueña, estructurado, en cierta medida, como una respuesta al estado autoritario, de marcado sabor castrense y clerical, que por espacio de tres o cuatro siglos pretendió imponer las reglas del juego hispano-puertorriqueño desde su sede en la isleta de San Juan. Es posible, al fin y al cabo, que lo que uno imagina como dejadez pueda conectar con una particular voluntad de escape, de raigambre nomádica como en el caso mauritano, o como resultado de la estructuración de un anti-país, que se opone al país oficial que intenta construir el oficialismo. Sin embargo, debo admitir que ninguna de esas respuestas escapistas alcanza el infinito pragmatismo de los habitantes de la aldea de Aitonlá, en la aldea yoruba de Ketu, en la República de Benin. Como dijo Plinio hace mucho tiempo, África nunca deja de sorprendernos.
Fe de errata:
Al final de mi comentario cometí un pequeño error: debe leer barrio de Aitonlá, en lugar de aldea de Aitonlá.
Es costumbre colocar un plato con restos de sardinas un tanto alejado de donde se está cocinando al aire libre para que las moscas vayan al plato de sardinas y no adonde está la gente comiendo. Quizá el que dejen basura cerca del mercado tiene el propósito de alejar las moscas del mercado.
Publicar un comentario